Javi.
Vio a Runa caminando hacia el lugar dónde él estaba. En realidad, parecía que flotaba. Por fin su sonrisa había dejado de ser lágrimas por dentro. Su mirada brillaba con esa luz especial de quien está enamorado. Toda ella desprendía ese resplandor, irradiaba felicidad. Se notaba que habían quedado. A diferencia de como se vestía siempre, con aire rebelde, despreocupado, con sus zapatillas anchas y sus pantalones de chico dos tallas más grande, hoy había optado por unos shorts negros, que destacaban con el blanco de su piel, unas sandalias de tacón que realzaban sus piernas, y una camisa de cuadros, de colores alegres, vivos (naranja, azul, rojo y amarillo), que la iluminaban la cara y destacaban sus ojos.
Éstos, que cambiaban de color dependiendo de cómo se sintiese, habían cambiado radiclamente. Como ella. Al principio, cuando Javi conoció a Runa, sus ojos eran de un negro intenso, profundo. Su pelo rojo caoba y su piel blaco pálido contrastaban en perfecta armonía con ellos. Tenía un aspecto fúnebre, como si su vida fuera un entierro permanente. Y a decir verdad, así era. A pesar de todo, había que admitir que era realmente preciosa. Javi la cambió por completo. Cuando la conoció, ella era pesimista por naturaleza. Borde, irónica, sarcástica.. Acostumbraba a dejar mal a los de su alrededor. Pero eso era solo una coraza, una manera de mantener las distancias entre ella y la gente a la que quería. Miedo, a eso se resumía su vida. Miedo a querer y fallar a quien quiere. Miedo a querer y perder. Miedo a sentir, aunque nunca dejó de hacerlo. Javi encontraría sentido a su coraza unos meses después cuando, fascinado por aquella misteriosa chica, empezó a investigar su pasado.
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